A Volar….

A volar…

“Solté todo lo que tenía y fuiiii feliz, solté las riendas y dejé pasar” este estribillo es de una canción que me acompaña últimamente. Adoro el momento en que algo resulta tan nítido y real que casi perturba. Y escuchando esta canción me llegan momentos así. Claro que soltar todo lo que tengo para ser feliz suena y resuena la mar de bonito. Y Yujuuu ¡la fórmula secreta para la felicidad! Pero resulta que soltar mi tarjeta de crédito, soltar mis zapatillas favoritas de andar, soltar a mi pareja, soltar mi barra de labios, soltarlo ¿todo?

Sí, y lo siguiente es: Volar… que es el título de la canción, preciosa por cierto, del Kanka con Rozalén… (https://www.youtube.com/watch?v=MZJxpKB75JU)

Se me ocurre pensar que hay quien ni siquiera se percate de este estribillo y esta canción pase sin pena ni gloria. No sé si es casualidad o causalidad pero a mí no me pasa. Tal vez porque soltar, lo que se dice soltar, me llega desde que practico la meditación con este grupo de Shambhala en Gran Canaria y más concretamente desde que asistí a su Nivel I del Aprendizaje Shambhala: “El arte de ser humano” que imparte Felipe Rodríguez.

Recuerdo este curso con mucho cariño. Podría decir que sentí un comienzo de atreverme a sentir diferente mis viejas armaduras. Y comencé por aprender eso de “tocar y soltar”. Así nos lo contó  Felipe, con su adorable calidez. Especialmente ante el maremagnum de pensamientos y emociones, que a menudo nos asaltan durante las meditaciones, él decía: “tocar y soltar”.

Claro que yo entonces pensaba: “pero ¿cómo hago esto? Con lo bien que estoy yo dándole vueltas y vueltas a mi idea (acompañada muchas veces de emociones autogeneradas a priori o a posteriori)”. Además, es que “es mi idea, porque así soy yo, así lo pienso, así me gusta, así quiero, así me han hecho sentir, así que me acepten los demás, así es mi vida, así es mi postura (y con lo me ha costado)” … un sinfín de asises.

Recuerdo que me sentí un tanto perdida. Probablemente me percaté de mi constante no soltar y, asustada, quise tener una solución rápida. Solo que Felipe me respondió “No hay herramientas concretas para hacerlo, porque cada uno descubre en si mismo su propia manera de tocar y soltar”.

Cierto que también entonces percibí un rayito de luz: el camino es practicar la meditación, aunque siempre sin expectativas ni pretensiones. Tocar mis pensamientos (y emociones) y soltarlos, dejarlos pasar, ponerles el rótulo de “Pensamiento”, observarlos como una ensoñación, sentirlos sin apegarme a ellos, atravesarlos y al fin dejar que se vayan como vinieron. Es como viajar fluyendo en el río.

Me doy cuenta, después de pasar por el Nivel IV del Aprendizaje Shambhala: “Corazón abierto”, el pasado fin de semana, que mi constante no soltar sigue ahí en lo más tierno del corazón de eso que llamamos amablemente capullo, a veces más presente que nunca.

Pero también me doy cuenta que puedo verlo, cada vez más nítido y real, veo su brillo, su arte, su fuerza. Está en mí y, aunque parezca contradictorio, solamente necesita que lo deje en paz, que en las pequeñas trivialidades y los grandes dilemas que surgen continuamente lo vea y reconozca todo su envoltorio de protección y miedos. Tal vez tocarlo y soltarlo.

Y lo siguiente: Volar y atreverme a ser sin más, sin las protecciones, juicios, prejuicios, temores, seguridades… del capullo.

El Ser no tiene filtros, confía y siente el instante tal cual es. Con esta canción me suena que cuando “suelto todo lo que tengo, soy feliz”.

Natalia Ramos Santana

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